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¿Se puede hacer una vacuna segura en 10 meses?

Publicado el_
18.3.2021

Video hecho a partir de un episodio del Podcast de Bruja y Santiago (los mismos escritores de la narración del video).

Narración

A finales del año pasado, Pfizer anunció que ya tenía lista su vacuna para el coronavirus. Se supone que eso es una gran noticia, pero para algunos la velocidad con la que llegamos a ese resultado es un motivo de preocupación. Si la vacuna más rápida que habíamos desarrollado tomó cuatro años, ¿cómo podemos confiar en algo que fue producido en solo diez meses? Y más allá del tiempo, ¿cómo podemos confiar en esta vacuna?

Empecemos considerando un contexto humano más general: ¿cómo les va en los procesos de decisiones y aprobaciones en sus trabajos? Ya lo sabemos: entre más grande la organización, más demoras. ¿Cuánto tiempo pasan esperando a que alguien les conteste un email? ¿Cuánto se demoran en ponerse de acuerdo para agendar una reunión? ¿Cuántas veces es la firma de un papel lo que represa los procesos? 

El punto es que, volviendo a las vacunas, una cosa es desarrollar una en condiciones normales y otra muy distinta cuando estamos hablando de la pandemia que mató a cerca de dos millones de personas en un año, saturó los servicios de salud y obligó a casi todos los países del mundo a ponerle un freno brusco a la economía. 

Entonces, cuando el proyecto en el que se está trabajando es la mayor prioridad de la humanidad, cuando tienes recursos casi ilimitados, cuando la burocracia se pone más sensata, ¿cómo no entender que las cosas ocurran de maneras ridículamente eficientes? Por supuesto, este era el caso de la tan esperada vacuna para el nuevo coronavirus. A eso, además, hay que sumarle los avances tecnológicos y ya se explica que el proceso haya sido tan veloz. 

Ahora bien, uno podría pensar que del afán solo queda el cansancio. ¿Será que un proceso para producir una vacuna, así de rápido, es suficientemente riguroso como para estar seguros —realmente seguros— de que funciona y no hace daño? Bueno, consideremos cómo fue el proceso. 

Lo primero es descubrir la secuencia del virus y definir posibles tipos de vacunas pero para nuestra historia podemos empezar más adelante con el momento en el que se observa el mecanismo de acción en condiciones de laboratorio. Lo que se busca es que una sustancia inyectada al organismo estimule las defensas internas naturales para que, cuando llegue el virus real, el sistema inmunitario ya sepa cómo atacar y no nos enferme. Acá se ponen a prueba varios antígenos (la sustancia que se inyecta) para ver cuál genera la mejor respuesta inmunitaria, los llamados anticuerpos, y se evalúa también que la sustancia no sea tóxica, es decir, que no produzca reacciones adversas.

En principio, esto ya es suficiente para saber que la vacuna funciona porque estamos viendo directamente el mecanismo químico de acción. Piénsenlo así: una cosa es saber que un remedio es bueno porque cuando lo tomo me siento bien, a pesar de que no tengo ni idea de cómo funciona, y otra muy distinta es poder ver cómo el sistema inmunitario de hecho genera anticuerpos apropiados para la amenaza. 

Pero igual, hay que hacer más pruebas. A lo mejor lo que estamos viendo en el  laboratorio no va a funcionar igual de bien en un organismo. El siguiente paso, entonces, es darle la vacuna a animales parecidos a nosotros, como las ratas. Por supuesto, eso huelga la pregunta: “¿en serio se puede decir que somos parecidos a las ratas?” Y sí, mucho. 

Obviamente, cuando uno se fija en el tamaño y la forma y el pelo, parecemos animales radicalmente diferentes. Pero si uno lo piensa desde la perspectiva evolutiva, si tenemos en cuenta los miles de millones de años que tarda la evolución de la vida, las ratas son nuestras hermanitas. Ellas también tienen cuatro extremidades, dos ojos, dos orejas, una nariz. Es más, tienen riñones, pulmones, corazón, sangre, huesos, se embarazan, sus crías beben leche de las mamás, se marean, vomitan si se enferman y lo que es más importante: tienen un sistema inmunitario como el nuestro. El 92 % de nuestra información genética es la misma que la de las ratas y es por eso que compartimos los sistemas básicos que posibilitan nuestras vidas. Todo esto para decir que si algo le sienta mal a una rata, eso no es buena señal para nosotros. Así que probamos los antígenos en ellas o en otros animales parecidos. ¿Y eso es suficiente? Nop. 

Después de que la vacuna pasa la prueba de laboratorio y pasa las pruebas con animales, empezamos a hacer pruebas clínicas con humanos. Primero unos pocos, luego cientos y luego decenas de miles. Le administramos la vacuna a un grupo, le ponemos un placebo a otro grupo y esperamos a que se contagien para ver si las personas que recibieron la vacuna real están mejor protegidas que las que no. 

Entre paréntesis, el hecho de que estemos en una pandemia global hace que este proceso sea más rápido porque el ritmo de contagio es alto y no hay que esperar demasiado tiempo para que los dos grupos se expongan en su vida cotidiana al virus. O sea, es una lástima que el coronavirus esté en todas partes pero, para efectos de las pruebas clínicas, es algo que ayuda a obtener resultados más rápido. ¿Y qué pasó con todas esas personas?

Pues lo primero es que estuvieron bajo intenso monitoreo. Todos los días reportaban cómo se estaban sintiendo y eso nos permitió confirmar que la vacuna no tenía efectos adversos. Y lo más importante es que, con el paso del tiempo, alrededor del 95 % de las personas que contrajeron el virus hacían parte del grupo control. O sea, la vacuna es un éxito. 

¿No les parece esto rigor suficiente para confiar en que una vacuna es segura? Pues de hecho, falta hablar del control institucional enorme al que se somete todo este proceso. No solo de los entes de regulación para la comercialización de medicamentos, antes de eso está toda la validación de la comunidad científica. Es decir, no es una farmacéutica diciendo solita “hey, ya tengo la vacuna, venga lo inyecto y págueme”. ¡No! Paso a paso, un equipo científico dice “avancé esto” y otros revisan. Luz verde, pasa a otros filtros. Y así hasta llegar a organizaciones respetables mundialmente como la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) o la Agencia Europea de Medicamentos. Ellas, a su vez, hacen toda la validación científica para permitir que un medicamento se le administre a la gente.

Ahora consideremos nuestro comportamiento más cotidiano: Cuando un amigo nos recomienda un medicamento (a veces un brebaje) y nos cuenta que le fue muy bien con él, nosotros le creemos. Nos basta la mera evidencia anecdótica de un caso. No hay grupo control, no hay pruebas en miles de personas, ni en animales, ni con microscopios. No sabemos cómo es el mecanismo de acción, ni los posibles efectos secundarios. Nada. Es una historia de alguien diciendo que le gusta algo. 

Entonces, es válido preguntar si el proceso de producir una vacuna es lo suficientemente seguro. Pero hay mucha gente en reuniones familiares diciendo que sospecha de la vacuna con el vago argumento de que todo salió muy rápido. La realidad es que miles ¡miles! de personas trabajaron juntas, sometidas al más alto rigor científico, para producir una vacuna que nos puede salvar de la pandemia. En serio, les debemos nuestra gratitud.

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