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¿Se necesita más plata para la investigación científica?

Publicado el_
6.4.2021

Este proyecto lo hicimos con el apoyo (de contenido y financiero) de la Universidad de los Andes.

Narración

¿Ustedes qué opinan? ¿Colombia debería invertir más dinero en investigación sobre ciencia y tecnología? 

—¡Sí! ¿No cierto?

Este tema aparece de vez en cuando en discusiones públicas y tiene un tinte político. Por ejemplo, con frecuencia se habla de Colciencias como una entidad sin recursos que fue olvidada por distintos gobiernos. E incluso ahora que Colciencias pasó a ser el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, muchos temen que estemos en las mismas porque el nombre no necesariamente implica un presupuesto más grande para actuar.  

Ahora bien, si se fijan, hay una premisa clave en esa discusión y es que existe una relación directa entre el dinero que invertimos en investigación y la cantidad de conocimiento que somos capaces de producir. Se asume que Colombia no se destaca en investigación científica, o no lo suficiente, porque no le invertimos recursos a esta actividad. Y obvio, sin plata no es mucho lo que se puede hacer. Pero la idea que queremos explorar en este video es que con plata tampoco está garantizado el éxito. 

En 2020, la Universidad de los Andes con el apoyo de Open Society, hizo una investigación para tratar de entender los resultados de haber creado el Fondo para la Investigación en Salud (FIS). Para ser claros, no estamos hablando de todas las inversiones en ciencia y tecnología del país, sino de una muy específica destinada a la salud, pero entender ese caso ayuda a darle luces al debate general. 

Entonces, primero el contexto. ¿Qué es el FIS? Hace 20 años, pensando en fortalecer nuestras capacidades de investigación en temas salud, se definió que el 7% de la plata que el Estado recauda por medio de juegos de suerte y azar, debe ser destinado a la investigación científica en salud y se creó un fondo para manejar esos recursos. En promedio, estamos hablando de 60 mil millones de pesos anuales (que no es una cifra particularmente alta en el mundo de los presupuestos públicos, pero ciertamente no es cero). Si llevamos 20 años gastando 60  mil millones en ciencia y tecnología para la salud, es razonable preguntar: ¿Cuál ha sido el impacto de esa inversión? ¿Qué hemos logrado con esa plata?

Y la respuesta es…. Nada. O más bien, nadie sabe. 

Tal y como está definido, el programa es relativamente bueno para elegir, entre las propuestas de investigación que se presentan año tras año, a aquellas que se ajustan a los requisitos de cada convocatoria. Las personas que evalúan tienen una larga lista de criterios para tomar la decisión. Se califica la experiencia de los investigadores, la pertinencia del proyecto, los objetivos, se revisan los presupuestos, etc. etc. En este punto se han evaluado cerca de 900 proyectos. Pero eso solo resuelve una de las muchas incógnitas. 

Sí, los ganadores del fondo cumplían con los criterios, pero ¿qué hicieron con esa plata? ¿Se logró alguno de los objetivos? Es más, ¿tenemos objetivos a largo plazo? Lamentablemente, no hay ningún mecanismo para evaluar los resultados de los proyectos ganadores. ¿Acaso se publicaron artículos científicos? ¿Alguien está citando los resultados de una investigación? Ni idea. Es más, si en el año uno tú recibes la plata, en el año dos nadie te llama a preguntar cómo vas, ni en el año tres, ni nunca. El fondo ni siquiera tiene el personal necesario para cumplir esa tarea. 

Y esto es especialmente desafortunado porque, en el mundo de la investigación científica, un año no da para mucho. Esa línea de tiempo tiene que ver con los ritmos de la burocracia, no los de la ciencia. Lo que termina pasando en la práctica es que los investigadores se vuelven expertos en ganarse convocatorias. Rotan los nombres que salen mencionados como líderes de la investigación, adaptan sus preguntas de investigación a lo que sea que se está pidiendo cada año y construyen discursos con base en una fórmula. Y no estamos diciendo que lo hagan de mala fé. Algunos incluso pueden tener una gran pregunta de investigación que logran descomponer en varios proyectos para aprovechar la financiación de la convocatoria. Pero el punto es que diseñamos un juego en el que se premia la generación de propuestas y no necesariamente la investigación científica.

Así las cosas, todos los años se parecen al anterior. Un grupo de expertos científicos dan unas recomendaciones de lo que deberían ser los objetivos para el nuevo año. Pero como son solo recomendaciones, los funcionarios que de hecho toman la decisión definen su propia lista de criterios con una mirada más política que académica. Por ejemplo, un tema recurrente es que, como los fondos vienen de loterías regionales, entonces se espera que la asignación de los recursos también cumpla con una cuota regional. Antioquia, Bogotá y Valle del Cauca son los tres lugares más financiados. Luego se abre la convocatoria y empiezan a llegar propuestas que están optimizadas, no para producir ciencia, sino para ganarse el fondo. Luego se asignan los recursos. Y luego el ciclo vuelve a empezar. No hay tiempo para preguntarse qué es lo que queremos lograr a largo plazo, ni tampoco cómo nos ha ido en años anteriores; simplemente se llenan los campos de la hoja de cálculo. 

La anécdota es un poco trillada, pero vale la pena recordar la historia del Apollo 11 para entender lo que una buena meta puede lograr. En 1962, Kennedy dio un discurso en el que prometió que al final de la década, Estados Unidos iba a llevar a un hombre a la la Luna y traerlo de vuelta. Eso es un objetivo claro. Tiene un punto de partida, una fecha límite y un criterio de éxito. Durante 8 años, los distintos grupos de investigación que participaron en el proyecto sabían exactamente cuáles eran los problemas que tenían que resolver para cumplir con la meta: temas de combustible, de navegación, resistencia de materiales, tecnología de comunicación, y muchas cosas más. Teniendo un norte, había una forma de priorizar los problemas y destinar recursos para resolverlos. 

Tal vez sí deberíamos estar invirtiendo más dinero en ciencia y tecnología, tal vez no. El punto es que, cuando menos, deberíamos ser capaces de definir qué es lo que queremos lograr. ¿Queremos estar preparados para una pandemia? ¿Queremos exportar ingredientes naturales? ¿Qué queremos? Porque en serio, hablar de “Ciencia y Tecnología” en abstracto y decir que queremos más de “eso”, sea lo que sea, no es una buena fórmula para actuar. Por ejemplo, en 9 de las 20 convocatorias que han salido de este programa, se menciona la Leishmaniasis (una enfermedad muy propia de los ecosistemas colombianos). ¿Por qué unos años la nombramos como objetivo y otros no? ¿Dejó de interesarnos la cura de esta enfermedad? ¿Creemos que ya no es prioridad? ¿Cambiamos de gobierno? ¿Qué fue lo que pasó?

La triste noticia es que el FIS ha invertido más de billón de pesos a lo largo de 20 años y estamos tan lejos de saber qué fue lo que logramos, que bien pudimos haber invertido el doble o el triple y nos hubiera dado lo mismo. 

Es más, tocó hacer una investigación externa para darnos cuenta de que eso estaba pasando. 


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