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Dejemos de matarnos: el espíritu del acuerdo de paz (con Diana Uribe)

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19.6.2016

Estamos en un momento histórico, en todo el sentido de la palabra. Tenemos la oportunidad de crear una realidad nueva, que nunca hemos vivido, y de saldar las terribles cuentas que tenemos con el pasado. Estamos en un proceso de paz. Estamos en un proceso de paz que tiene la posibilidad de hacernos cambiar la página, de utilizar todos esos recursos que se van a la guerra en construir un mejor país, de dejar atrás una gran cantidad de referencias de nosotros como un pueblo que se ha leído a sí mismo a través de la violencia.  

Y cada vez que los pueblos pasan por un proceso de paz, la humanidad en su totalidad da un paso hacia adelante. No sólo porque la paz nos engrandece como especie sino porque cada proceso de paz es un aprendizaje que nos da las claves para el siguiente.  Así como Irlanda y Sudáfrica le están enseñando al mundo cómo superar los odios y la violencia, así también llegará el día en que Colombia le cuente su historia a los demás, para que otros puedan aprender de lo que nosotros hicimos.

La cosa es en serio. El momento es ya, es ahora. Los ojos del mundo están mirando hacia acá y ante la magnitud de lo que está pasando, nos toca creer que esto sí es posible. 

Los colombianos tenemos un sentido de fatalidad colectiva. Nosotros creemos que individualmente somos capaces de todo; cada uno tiene un proyecto que seguro le va a salir. Pero, cuando hablamos de nosotros en plural creemos que no podemos cambiar nuestro destino, que siempre nos faltará cinco pa’l peso. Y si uno mira las cosas, resulta que no es así. Este conflicto no es ni el más sangriento, ni el más largo, ni el más difícil.

Es una situación llena de dolores, de injusticias y odios, como son los conflictos armados. Y por eso es que necesitamos un proceso de paz, porque la paz se hace entre enemigos. Los amigos hacen coaliciones o hacen paseos de olla. Son los enemigos los que tienen que hacer la paz. Y si la paz se pudo en Irlanda, después de 500 años de guerra, si se pudo en Sudáfrica, después de uno de los regímenes de discriminación más terribles que vio el siglo XX, si la paz se pudo en Ruanda después de un genocidio que acabó con la décima parte de la población, a ver, ¿por qué no se va a poder en Colombia?

La gente duda de la paz citando todos los problemas que no hemos resuelto. Pero la idea es firmar los acuerdos para ponernos a resolver esos problemas. Los acuerdos son un paso, no la meta. Firmando los acuerdos podremos empezar a construir la paz todos los días en los espacios que compartimos. Esa paz que se verifica en las canchas de fútbol, en el trabajo, en los colegios, en la casa, en el campo. La paz se construye compartiendo espacios de forma distinta, pero para llegar allá, lo primero es dejar de matarnos para que el conflicto deje de eclipsar todo lo demás que tenemos que resolver como sociedad. 

Apoyar el proceso de paz es darnos la oportunidad de que no se repitan los errores del pasado. No queremos que el fin de un conflicto armado sea el principio de otros. Y en lugar de temer que el proceso no funcione y por culpa de ese temor, dejar de creer en él, debemos apoyarlo precisamente porque es nuestro compromiso lo que le da realidad al acuerdo.

¿Y qué quiere decir apoyar el proceso de paz? Primero, renunciar a la venganza. Los conflictos ideológicos se convierten en conflictos de sangre y la sangre hace que todo argumento se pierda en una cadena de venganzas. En Colombia ha habido muchas injusticias económicas e intolerancias políticas que han desembocado en un conflicto armado, pero las armas de ambos bandos sólo han empeorado esos problemas y además nos ha hecho odiarnos.  La venganza no es un tema de honor, por mucho que se celebre en el cine. La venganza es un camino del que todos salen perdiendo. Y, ojo, renunciar a la venganza va más allá de abandonar la violencia; es también renunciar a los odios, la intolerancia y la estigmatización que alimentan y se alimentan del conflicto armado. 

Aquel que renuncia a la venganza, aquel que perdona, no lo hace únicamente para convivir con el otro; lo hace para vivir consigo mismo. El perdón nos libera de habitar esos lugares de dolor que una víctima visita una y otra vez en su mente hasta quedarse atrapada. Los padres y hermanos seguirán muertos pero el perdón libera a los hijos de cargar con la herencia de la venganza. Independientemente del bando,  los colombianos tenemos que perdonarnos. 

Segundo, reconocer que este proceso de diálogo recoge las experiencias de otros países y de nuestros intentos en el pasado. Ha sido un proceso más inteligente en su metodología —digamos, en sus reglas de juego— y ha sido más comprometedor en la medida en que ambas partes se han mostrado dispuestas a ceder. O sea, esta vez es diferente y nunca hemos estado tan cerca. 

Tercero, entender el alcance de los acuerdos. En la Habana no se negoció la capitulación de las FARC, como dicen algunos, ni tampoco se puso el país en bandeja de plata, como dicen otros. Las dos partes se sentaron a discutir algo mucho más puntual: el siguiente paso. ¿Qué tiene que ocurrir para que nos dejemos de matar? ¿Sobre qué tenemos que hablar y qué cosas debemos negociar para estar dispuestos a dejar las armas de lado? Porque desacuerdos habrá pa’ rato. El proceso de paz no pretende solucionar eso. Pero serán desacuerdos de palabras y no conflictos de balas y bombas y minas antipersonales. La idea es encontrar una salida política al conflicto armado. Que no es poca cosa, pero no podemos cometer el error de pensar que los Acuerdos van más allá de eso que es absolutamente urgente. 

Cuarto, es muy importante que no dejemos que el proceso de paz se politice. Se la pongo así: la gente que está apoyando el proceso de paz está de acuerdo en una cosa: en que debemos dejar de matarnos. Más allá de eso hay todo tipo de corrientes ideológicas, de posturas económicas, de interpretaciones sobre el pasado. Mejor dicho, la paz está en nivel más profundo que todo lo demás. Eso quiere decir que apoyar la paz no tiene nada que ver con ser de izquierda o de derecha, no es un asunto de políticos ni de partidos. Quien apoya la paz apoya unas reglas básicas de juego: que las cosas se pueden discutir, que el fin y los medios no van separados y que la vida de las personas no debe comprometerse por las ideas que tienen. Esto es tan básico, tan fundamental, que no podemos asociarlo con un gobierno en particular y no podemos ponerlo en duda cada cuatro años. 

Y quinto: hay que conocer los puntos de la negociación. Se dice que la gente no está en contra del proceso de paz, sino en contra de los rumores acerca del proceso. Yo creo que eso es muy cierto. El cambio siempre genera miedos y en este momento crucial corremos el riesgo de que esos miedos se apoderen de la decisión que tenemos enfrente. Es por eso que los estoy invitando a que vean “dejemos de matarnos”, una serie de videos en la que se explican los puntos del acuerdo de paz. 

Entonces, la cosa es así. Podemos liberar a las personas que no han nacido de una violencia que no les corresponde y podemos enseñarle al mundo y enseñarnos a nosotros mismos que los colombianos somos capaces de cosas grandiosas. Todos los que estamos presentes en este momento vamos a salir de aquí con una historia para contarle a las generaciones del futuro. ¿Cuál va a ser esa historia? ¿Que volvimos a desperdiciar otra oportunidad? ¿Que comprometimos la vida de otra generación? ¿O vamos a decirles que fue este el momento en que Colombia decidió cambiar su destino?

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