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¿De verdad Colombia puede convertirse en Venezuela?

Publicado el_
11.10.2016

La victoria del No por un margen del 0.4% parece la radiografía un país profundamente dividido. Pero ¿qué tan cierto es eso? Los que votaron por el No dicen estar a favor de la paz, sólo que en otros términos (eso, por lo menos hasta cierto punto, nos pone del mismo lado). Sin embargo, muchos de los que votaron por el No dicen estar en contra del castrochavismo. Y mira la casualidad, muchos de los que votamos por el Sí también estamos en contra de modelos económicos como el de Cuba o Venezuela. 

Claro, este no es el único punto en discusión y es muy difícil conciliar un amplio espectro de opiniones. Pero aquí estamos hablando de tendencias y, visto así, el mapa político de Colombia es bien distinto. Pasamos de una división 50-50, a un país que, en términos generales, quiere exactamente lo mismo: que se firme la paz y que esa firma no implique una tragedia económica. 

Entonces, hagamos la pregunta, ¿qué tendría que pasar para que Colombia siga los pasos de Venezuela? Y más puntualmente, ¿qué parte de los Acuerdos aumentaba el riesgo de que eso pasara?

Pues bien, lo primero que necesitamos es una definición. Llámese castrochavismo, revolución bolivariana, socialismo del siglo XXI o como quieran, la idea de fondo es controlar, —ojo— controlar la economía con miras a lograr mayor equidad y mayores oportunidades para todos. El problema es que esta estrategia no funciona, pese a sus buenas intenciones.

La explicación principal de la crisis en Venezuela es justamente el control estatal de la economía. Entre las expropiaciones, las restricciones a los precios de muchísimos productos, los impuestos excesivos, el control de las tasas de cambio y el gobierno encargado de ofrecer más servicios de los que le caben en la mano, entre todo eso, la gente quedó amarrada económicamente. Y esa ausencia de posibilidades se refuerza por restricciones a la libertad de expresión. De ahí la crisis.

Ahora, ¿qué parte de los acuerdos apuntaba en esa dirección? Los acuerdos no proponían cambiar el modelo económico; el Gobierno no cedió en ello. Y esto es lo más importante. Las FARC llevan medio siglo luchando por un modelo socialista que en la mesa fue rechazado. Y en el contexto de la negociación, apenas se acordó que habría un fondo de tierras, algunos subsidios, plata para los desmovilizados (comparable con el costo de meter a alguien a la cárcel) y que el Estado asumiría los gastos de reparar a las víctimas.

El que busque los rastros del socialismo en los Acuerdos, se va a llevar una buena decepción. Sí, hay subsidios para fortalecer el campo. Sí, es verdad que se incrementa el gasto público, pero todas estas medidas, más que centralizar el control de la economía, hablan de los esfuerzos del Estado por ofrecer justicia, seguridad y reparación.

Dicho eso, veamos el otro lado de la historia. Una de las principales motivaciones por parte del Gobierno para acabar con el conflicto era la posibilidad de llevar la empresa privada a todas las regiones del país. Eso incluye inversión extranjera, emprendimientos locales y la expansión de bancos, hoteles, cadenas de restaurantes, call centers y todo lo que se puedan imaginar. Se habla de paz en un sentido humanitario, pero también se habla de paz como la condición necesaria para un mayor desarrollo económico. 

Tanto así que el peso colombiano cayó justo después del No en el plebiscito. Hay un montón de empresas extranjeras interesadas en invertir en Colombia. Y lo único que estaban esperando eran las condiciones de seguridad y legalidad necesarias para asumir el riesgo de invertir. ¿Eso les suena a que Colombia iba a convertirse en Venezuela? Que quede en el acta: el peso vale menos después del plebiscito porque los que tenían el plan de hacer negocios en Colombia se toparon con la noticia de que, en el mejor de los casos, toca esperar.

Ahora veamos el contexto más amplio. Existe un índice de libertad económica creado por The Heritage Foundation y el Wall Street Journal que mide el espectro que va entre una economía centralizada y una economía de libre mercado, algo bastante cercano a la diferencia entre socialismo y capitalismo. En el puesto 28, entre Noruega y Corea del Sur, está Colombia. Y si hablamos de tendencias, hace dos años estábamos en el puesto 34. Por su parte, hay que bajar hasta el fondo de la tabla, al puesto 176, para encontrar a Venezuela, acompañada por Cuba y Corea del Norte. Esto se debe, entre otras cosas, a que tenemos 16 tratados de libre comercio que abarcan un reguero de países, incluyendo la Unión Europea y Estados Unidos. Y varios de esos acuerdos fueron firmados por el mismísimo Santos.

Entonces, no. Los acuerdos de paz no le estaban abriendo las puertas al castrochavismo. Todo lo contrario: esto fue una mentira deliberada. La intención, además de salvar vidas, era fortalecer los mercados, el derecho a la propiedad y la empresa privada. 

Ahora, pasemos al lado político. Alguién dirá que el problema no estaba en las medidas económicas sino en las curules negociadas por las FARC. Después de todo, ellos tienen un proyecto político en mente y con sillas en el Congreso, al menos en teoría, podrían hacerlo realidad. 

Lo curioso es que este argumento le atribuye mucha más influencia a las FARC de la que realmente tienen. De forma implícita se está diciendo una de dos cosas. O bien que diez curules son suficientes para cambiar las políticas del país, cosa que no es cierta. O bien que las FARC sí tienen un base popular gigantesca y que, por la vía democrática, van a conseguir suficientes votos como para tomarse el poder. Y esto es todavía más absurdo. Si algo quedó claro con los resultados del plebiscito es que Colombia le tiene una enorme aversión a las ideas de las FARC.  

Todas las visiones políticas deberían estar en igualdad de condiciones, en eso estamos de acuerdo. Y no es fácil tragarse la idea de que las FARC tengan curules fijas, financiación e incluso emisoras de radio (que realmente no son para las FARC). Pero seamos sensatos. El punto sobre participación política en los Acuerdos de la Habana, lejos de abrirle las puertas al llamado castrochavismo, buscaba fortalecer el diálogo y generar algo de reparación por todos los años de violencia e intolerancia que ha sufrido la izquierda en este país. 

La votación del plebiscito no era a favor o en contra del socialismo, era un acuerdo para reemplazar las armas por los argumentos. El día en que nos enfrentemos en las urnas es casi seguro que los representantes de las FARC van a perder. Pero es fundamental que hablen, que digan lo que tienen que decir. Y ese día, el día en que podamos votar en contra de las propuestas de las FARC, habremos ganado algo mucho más importante que un modelo económico. La victoria de todos los colombianos será la grandeza propia del que está dispuesto a escuchar al otro.

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